El día que conocí a Carlos Sainz Jr.

29 marzo, 2016 Otras cosas

Hace unos días yendo a Madrid a un acto de Audi en compañía de Josep Viaplana, del Diario Sport, coincidimos en el avión con Luís García Abad, el manager de Fernando Alonso.

Le comenté que “ya es mala suerte empezar el día encontrándote a dos periodistas” y me respondió que no, que él no empezaba el día, sino que intentaba acabar el anterior, ya que aquel era su último enlace para regresar de Baku. Coincidimos en las dos primeras filas del avión y tras comentar cosas diversas cada uno se sentó a la espera del despegue. En aquel momento me vino a la memoria una coincidencia similar ocurrida años atrás y que tenía por completo olvidada. Fue el día que conocí a Carlos Sainz Jr.

Por mas que llevo días pensando en ello, no consigo recordar ni situar en que aeropuerto fue ni de donde veníamos o a donde íbamos. Lo cierto es que yo iba con Raimón Durán, por tanto tenía que ser de algún Gran Premio de 1997 o 1998 y en una sala de embarque coincidimos con tres personas o con “dos hombres y medio”: Carlos Sainz, Juanjo Lacalle y el pequeño Carlitos, que no debía tener mas de tres o cuatro años. Mientras el padre estaba a lo suyo, Juanjo se dedicaba a juguetear con el niño, lo que hizo que Raimón a mi lado exclamara: “¡Vaya! ¡Esto si que no lo sabía, el futuro de un buen manager es acabar haciendo de canguro de los hijos del piloto!” “Tendrás que especificarlo bien en los próximos contratos” le respondí. Y tras unas risas por lo bajini les saludamos, jugueteamos también con el niño y nos dispusimos a embarcar. Así fue como conocí a Carlos Sainz junior.

Coincidencias de la vida, como me pasó con García Abad, ellos tres ocuparon las primera fila de pasajeros del avión mientras Raimón y yo quedamos justo detrás, en la segunda. Carlos vio que yo llevaba un ejemplar de la revista Auto Sprint y me lo pidió para echarle una ojeada, revista que le sirvió después para echar una buena cabezada que yo no me atreví a interrumpir, con lo cual la revista no la leímos ni él ni yo. Pero antes de eso nos llevamos una sorpresa cuando una azafata se acercó a la primera fila y les dijo sin demasiadas contemplaciones que “había habido un error y aquellos asientos estaban reservados, que por favor se levantaran y se trasladaran a otros más atrás”. Juanjo reaccionó rápido, sacó las tarjetas de embarque (estoy hablando de antes de las compañías low cost) y tras comprobar que estaba todo en regla le aclaró a la azafata que “sus lugares eran aquellos, llevaban semanas reservados y no se iban a mover”.

La azafata no se lo tomó muy a bien pero viendo que pinchaba hueso optó por desaparecer. Unos minutos después apareció un propio de la compañía todo uniformado, todo sonrisas, todo ademanes, encantadíííííísimo de tener a Carlos Sainz entre el pasaje, aunque lamentablemente había habido un error y deberíííía tener la amabilidad de levantarse y cambiarse de sitio.

Yo estaba detrás del asiento de Carlitos en la ventana, así que no pude ver la cara o la mirada que el padre debió mandarle a aquel ceremonioso y pedante relaciones públicas, pero lo que sí vi es como se le helaban las sonrisas y los ademanes al oír a Carlos decirle con voz profunda y de inapelable imperativo categórico: “estos son nuestros asientos, están en regla con las tarjetas y de aquí no nos van a mover ni con una grúa. Pero si lo prefiere puede llamar ahora mismo a la Guardia Civil.”

Ante el cariz que tomaba la cosa y con la sonrisa petrificada el relaciones públicas optó por no insistir, despedirse ceremoniosamente y desaparecer lo antes posible. Unos minutos después vimos entrar a tres comandantes de la compañía muy uniformados, muy pelo plateados y con cara de muy pocos amigos dirigiéndose al fondo del avión. Todos los que habíamos seguido la escena nos reímos sin demasiado disimulo y nos sentimos enormemente orgullosos de nuestro Carlos Sainz.

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